Hoy he mirado a las llamas a los ojos. Ha sido cosa de Eduardo, que le gusta ponerse una vela y meditar. Yo me he unido, hace tiempo que no medito.
Era fascinante, y lo sigue siendo porque mientras escribo esa vela sigue encendida. El baile sensual de la pequeña llama, manejando a su antojo luces y sombras en la habitación, dueña de lo que se ve y de lo que no.
No se cuanto tiempo pasó, mi vista se empezo a distorsionar, confundía la luz con la oscuridad y no se si empezaba a perder los cabales pero me gustaba, el fuego me purifica, me limpia la mente.
Entonces te vi, o a los dos mas bien, tan claro como si de una película se tratase, uno frente al otro, con el agua hasta el cuello, sin mirarnos a los ojos, sin hablar.
En la bañera, sin pudor, sin verguenzas ajenas, sin extrañezas. No me preguntes por qué, no lo se.
Yo cogía una cuchilla, te levantaba la pierna derecha y te empezaba a rasurar el vello, lentamente, con cariño, con ternura, sin pasión, con delicadeza. Tu me mirabas con ojos vacíos, negros, con unos ojos que no contenian la mirada de una mente sino la mirada de un universo; infinito.
Entonces te hice un pequeño corte en el gemelo, en un sitio incierto, a caballo entre el pie y el hueco de la rodilla. Apenas te diste cuenta, solo me miraste, sin preguntas, como para saber si seguía ahi.
Y yo con ternura, con delicadeza y sin pasión baje la cabeza, acerque a mis labios y te lamí la herida.
No se si tu sangre sabia metálica, lo vi todo desde fuera, como un muerto que no se quiere ir del mundo y ve a otras personas que aun viven.
No se que pasó, no se siquiera si ha pasado, o si pasará, solo se que lo he visto en los ojos de las llamas, y las llamas son puras.
Me paso pensando la mitad del día, suelo escribir por la tarde, y el resto del tiempo leo para poder seguir pensando
sábado, 4 de agosto de 2018
El poder del fuego
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