“Caminante no hay camino, se hace el camino al andar.”
Camino por las calles de
Sevilla, atravesando el aire gélido de la mañana como si de un mar
brumoso se tratase. Solo puedo ser testigo de mi propio avance y del
avance extraño y descontrolado de mis pensamientos iluminados. Esos
momentos son perfectos, de una calma absoluta, la poca tranquilidad
que puedes hallar en un mundo de estímulos arrolladores. Aproveché
que debía andar media hora desde Prado de San Sebastián hasta Plaza
de Armas para apagar el móvil y liberar mis sentidos a la soledad
matutina de las calles sevillanas. Solo yo, mis piernas, el
adoquinado, y todo lo que mis sentidos pudieran captar de un entorno
real.
No se si acierto con
llamarlo impotencia o asombro, la sensación que me causa el
percatarme de vez en cuando de la grandiosidad de las cosas que
siempre tenemos delante. Que bello es el paseo del Guadalquivir, pero
que grandes son las construcciones que lo bordean; El Lope de Vega,
la plaza de toros... Y si penetras en la coraza de la ciudad, solo un
poco, encuentras la gran catedral de Sevilla.
Observamos demasiado poco,
casi nunca observamos, nunca nos da por pararnos y por mirar a
nuestro alrededor con otra perspectiva, por eso me encanta andar por
en medio de los inocentes conocedores de la rutina diaria, aquellos
que no conocen más allá de la pantalla de sus teléfonos o el
ticket del bus.
Observo y me distingo, me
siento orgulloso de ser diferente, de vivir en otra dimensión, de
tener otro punto de vista, de ser un descerebrado.

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