sábado, 23 de enero de 2016

Crónicas de un descerebrado: Ep. 1


“Caminante no hay camino, se hace el camino al andar.”

Camino por las calles de Sevilla, atravesando el aire gélido de la mañana como si de un mar brumoso se tratase. Solo puedo ser testigo de mi propio avance y del avance extraño y descontrolado de mis pensamientos iluminados. Esos momentos son perfectos, de una calma absoluta, la poca tranquilidad que puedes hallar en un mundo de estímulos arrolladores. Aproveché que debía andar media hora desde Prado de San Sebastián hasta Plaza de Armas para apagar el móvil y liberar mis sentidos a la soledad matutina de las calles sevillanas. Solo yo, mis piernas, el adoquinado, y todo lo que mis sentidos pudieran captar de un entorno real.
No se si acierto con llamarlo impotencia o asombro, la sensación que me causa el percatarme de vez en cuando de la grandiosidad de las cosas que siempre tenemos delante. Que bello es el paseo del Guadalquivir, pero que grandes son las construcciones que lo bordean; El Lope de Vega, la plaza de toros... Y si penetras en la coraza de la ciudad, solo un poco, encuentras la gran catedral de Sevilla.
Observamos demasiado poco, casi nunca observamos, nunca nos da por pararnos y por mirar a nuestro alrededor con otra perspectiva, por eso me encanta andar por en medio de los inocentes conocedores de la rutina diaria, aquellos que no conocen más allá de la pantalla de sus teléfonos o el ticket del bus.
Observo y me distingo, me siento orgulloso de ser diferente, de vivir en otra dimensión, de tener otro punto de vista, de ser un descerebrado.

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