Me paso pensando la mitad del día, suelo escribir por la tarde, y el resto del tiempo leo para poder seguir pensando
lunes, 28 de diciembre de 2015
sábado, 26 de diciembre de 2015
Encontrad a los perdidos
¿Por qué mundo, por qué? ¿Por qué la mayoría de nuestros congéneres son unos descerebrados? Vivo rodeado de experiencias de inocentes con mentes maltratadas por criminales del sentimiento, esclavos de su corazón, de críticas de los demás, sometidos a llantos, a infravaloraciones y a ansias suicidas. Que habrá pasado... En 17 años de vida habré oído miles de historias de vagabundos pisoteados, chicas y chicos asados en la hoguera social, bullyng, extorsión, desplazamiento familiar, violaciones, maltratos... No se que hacer, a veces siento un poder dentro de mi que me hace cambiar el mundo, otras veces me siento y solo puedo suspirar mientras una amiga me cuenta como una pandilla le tira naranjazos y la insulta en la salida de la escuela. ¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer por el mundo? Lo peor es cuando te das cuenta de que los maltratadores muchas veces ni se dan cuenta, algunas veces incluso ni siquiera saben el porque de sus insultos y atrocidades, ¿tan podridos estamos? Me da miedo de que haya sido yo el que alguna vez haya insultado a un gordo, una anoréxica o cualquier persona con problemas y que no me haya dado cuenta. Tengo miedo, de que esto vaya a más, ¿tendremos todos ese odio incontrolado? Parece que la humanidad vaya a destruirse sola. Pero busco la luz en mi, como debe hacer todo el mundo, hay que buscar ese impulso que hace que saltemos a defender a alguien cuando lo necesita, debemos buscar nuestra humanidad.
Es nuestro deber como personas.
Inspiración: https://www.youtube.com/watch?v=DnKFVfL2pls
Y todas aquellas personas que esperan encontrar ayuda en algún lugar, en alguna parte de este sucio mundo. Ánimo.
Es nuestro deber como personas.
Inspiración: https://www.youtube.com/watch?v=DnKFVfL2pls
Y todas aquellas personas que esperan encontrar ayuda en algún lugar, en alguna parte de este sucio mundo. Ánimo.
jueves, 24 de diciembre de 2015
Puntos de vista
Hará unos tres meses comencé una
discusión con un gran amigo mío con el que comparto mis seudo
teorías científicas (luego él las rebate o las apoya según
convenga). Le comenté una idea descabellada que ni siquiera logro
recordar como se me ocurrió, una cuestión de ojos. Pongamos que un
sujeto A llama a un color “rojo”, el sujeto B al ver ese color
también lo llama “rojo”; algo normal diréis pero, ¿y si ambos
sujetos ven ese color en distintas tonalidades? O incluso, podría
ser que vieran un color totalmente diferente. La primera reacción de
mi compañero, como la tendría cualquiera, fue la de pensar que eso
no era posible ya que al que ve los colores diferentes se le llama
normalmente daltónico y se sabe perfectamente cuando no ve los
colores igual pero... Los daltónicos no veían así siempre, y por
ello llaman los colores por el nombre incorrectamente. Si el sujeto A
ve un color diferente al sujeto B, no lo pueden saber ninguno de los
dos ya que desde pequeños han aprendido que ese color, o ese matiz
se llama rojo. El problema de esta teoría es que es como si yo
dijera que hay un palacio en el lado oculto de la luna, resulta que
no nos podemos poner los ojos de otra persona, y tu no puedes darle
la vuelta a la luna. Puede que las personas veamos colores diferentes
a los demás sin saberlos, esta es mi teoría.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
"...levántate y anda..."
Aún no me he decidido por ninguna
de las dos, ya que, si luchas contra el sistema emprendes una causa
muy noble y digna, pero corres peligro de perecer en el intento ya
que el sistema siempre es muy poderoso. Cabe esperar que cuentes con
el apoyo de tus compañeros y compañeras obreros para combatir,
social y militarmente si se da el caso, pero no es así. El truco de
las sociedades capitalistas es hacer sentir cómodos a los de las
clases inferiores haciéndoles creer que viven en un estado de
bienestar, pero que en realidad los encadena a los engranajes que
levantan la cúspide de la pirámide. El pueblo es el que se deja
esclavizar ya que el mismo le da su poder a los esclavizadores
pero... ¿es posible una revolución?
Esto es un fragmento de un texto que escribí hará una semana como respuesta ante la
pregunta: “¿Si tuvieras que elegir entre intentar cambiar la
sociedad o huir de ella, qué harías?”. Este texto a simple vista
se puede clasificar directamente como una reflexión decente, sin
entrar en más detalles, por el simple hecho de que sobrepasa el
tamaño de un monosílabo. Nos hemos acostumbrado ser guiados
dócilmente como ovejas desde los primeros años de vida, adormilados
por nuevas tecnologías y divertimentos que hacen que leamos menos y
nos relajemos más. Para colmo, por si no nos hubiéramos dado cuenta
de este proceso erradicador de neuronas dirigido por las personas a
las que más les conviene en nuestro país se, comenzó una vía de
supresión de medios para el enriquecimiento del intelecto, lo que
conforma en este caso la mayor barrera que tienen los jóvenes alumnos
para que no se conviertan en dóciles mascotas del sistema. Esa es
nuestra realidad, el mundo en el que vivimos, una selva de cemento y
cristal donde las grandes fieras se apropian de derechos burocráticos
y trampas hechas de tinta y papel para lavarnos el cerebro y
convertirnos en un número, en vez de ser personas individuales,
personas que piensen que juzguen y razonen, miembros de una sociedad
que se retroalimenta y se gobierna por si sola en un equilibrio justo
entre todos. La gran mayoría de habitantes de este país, digamos
unos treinta millones, piensa que no puede hacer nada en el terrible
caso de que un tipo trajeado y que se las da de listo aparezca en tu
puerta con un papel sellado y te eche de tu casa o te diga que no
puedes hablar. Parece que vivimos dentro del cuento en el que un
matón de tres al cuarto que no le saca ni media cabeza al más bajo
intimida a todo el mundo y nadie se atreve a ponerse enfrente y
decirle lo que hay que decir. Eso me desespera, me da la sensación
de sentirme solo, si me planto y grito en un tono más alto de lo
normal todos se quitarán de mi lado, o eso pensamos. ¿Dónde quedó
esa ansia por ser libre y poder luchar por tus ideales? ¿Dónde
quedaron todos aquellos que pelearon por poder gritar “libertad”
a pleno pulmón sin arriesgarte a recibir un balazo? ¿Dónde están
todos esos hermanos, esos compatriotas que se negaron a confiarle su
país a un patán que ni siquiera conocían? ¿Dónde estáis todos?
Levantaos compañeros, porque lleváis demasiado tiempo durmiendo.
martes, 22 de diciembre de 2015
La Verdad
La verdad, ¿qué es la verdad? Usualmente la usamos como defensa o como arma, más como defensa, porque nuestra arma verbal es la mentira. La verdad es ese objeto inexistente y subjetivo que desde pequeños nos enseñan a mantener como primera barrera ante la corrupción y el daño, aunque a una edad temprana nos damos cuenta de que no todo es blanco o negro, ni la verdad es tan verídica.
Con el paso de los años, se construyen las opiniones, con el desarrollo de las opiniones, se forman las ideologías, y a través de la ideología las personas creen, creen en su forma de pensar, su forma de hacer las cosas, creen en su verdad. Si un cristiano compite en un debate contra un musulmán o un judío o un budista por tener el poder de la verdad, no ganará ninguno, porque ninguno se someterá a la supuesta verdad de su contrincante. Cuando un ser humano se reafirma en una opinión, da igual que no este probada y comprobada científicamente, es su verdad, la verdad que debe extender por el mundo. En eso se basa nuestro pensamiento y en eso se basa nuestra irracionalidad. Pero, ¿qué podemos hacer? Desde que el humano es humano necesitó creer en dioses y leyendas porque sino nos morimos de miedo, necesitamos un apoyo donde no hay nada para poder vivir el día a día sin tener que pensar que somos una insignificante parte del universo que puede ser extinguida con un suspiro de algo que no esta vivo, que no tiene mente, y que no se apiada de nadie ni de nada. Necesitamos creer que estaremos protegidos por nuestra mente, la verdad es muy poderosa, sobre todo cuando la moldeamos a nuestro antojo.
domingo, 20 de diciembre de 2015
Cuento Navideño
Le despertó la alarma insistente del
móvil. Como un zombie, lo buscó a tientas e intentando enfocar los
ojos legañosos atisbó una aproximación de la hora. No recordaba si
su sueño había sido feliz o una pesadilla, no sabía siquiera si
había soñado, nunca lo recordaba. Inconsciente ante el peligro,
asomó un pie fuera del edredón para meterlo de inmediato al sentir
el frío. Entonces se encendió la bombilla en su cabeza y se dio
cuenta de que era navidad. Veintiuno de Diciembre, día lectivo y
laboral para la gente normal y corriente, los que necesitan sudar
para comer, los pisahormigas. Antes de salir a la escuela hizo
recuento de lo indispensable: La tarjeta del bonobús, el bocadillo y
el libro que su tío le regaló. Protegiéndose mentalmente del frío,
se metió las manos en los bolsillos y se encaminó a cumplir con su
papel en la sociedad.
Sonó la sirena, eran las
tres menos cuarto de la tarde, y en medio de la marea de adolescentes
con sus maletas se escurría él. Repartía alguna que otra sonrisa
pero no se paraba, tenía prisa. Ignorando el camino que seis horas y
media antes había tomado para llegar hasta allí, emprendió la
caminata hasta la parada del bus. A las tres en punto, subía al
mastodonte verde acristalado, y a las tres y un minuto estaba ya
sentado en el asiento del fondo a la izquierda, solo, leyendo su
libro, ávido como quien bebe sediento de un riachuelo. Era de su
tío, la persona del mundo a la que más admiraba, no seguía las
normas, era libre, y le había dado el regalo antes de los reyes
porque el chico ya sabía que estos no existían, y su tío se iba
una vez más de viaje, fuera de la jaula de la sociedad.
A las tres y veinte bajaba
al trote las escaleras de la estación de autobuses de la ciudad, el
centro de la gran red en la cual su pueblo participa como accesorio
lateral. Cuando sobrepasó el último escalón se paró y observó.
Respiró hondo. Por puro instinto cruzó la calle antes de que el
semáforo se pusiera en verde, ya conocía de sobra los huecos entre
el tráfico, era como un pescador que lleva siguiendo años las corrientes
marinas de su costa, él podría cruzar media ciudad con los
ojos vendados y a la pata coja, podría pero no lo hace, porque no
tiene tiempo para esas cosas. Esquivó a la gran masa de personas
infinitas que pueblan las calles, que salen y entran en las tiendas
como hormigas, cada cual con su vida, cada cual con su misión. Era
navidad, se respiraba en el ambiente, pero mientras otros sonríen y
andan con el impulso lento del disfrute, él miraba y avanzaba con el
impulso de la obligación. Al doblar una esquina se encontró de
bruces con una persiana metálica y un cartel anunciante, “se
vende”. Miró el letrero de la tienda y su expresión facial pasó
de ser ambigua a la que tiene alguien cuando se entera de la muerte
de un amigo, pero sus piernas volvieron a caminar y él, volviendo la
cabeza hacia delante, le dio la vuelta a sus recuerdos y olvidó el
mal trago. Continuó avanzando, la búsqueda de trayectorias a través
del gentío no es un pensamiento, es una acción mecánica que sucede
sin esfuerzo, él solo avanzaba, avanzaba para alcanzar su destino...
entonces se abrió un hueco entre la muchedumbre y vislumbró un
cuerpo en el suelo apoyado en una pared con una taza y un cartel
delante. Solo vio eso, pero esa imagen la había visto tantas veces
que se le vino a la mente como si no hubiera pasado de largo, sino
que estaba delante y el mendigo le imploraba que fuera clemente y
prolongara su vida un poco más con un trozo de metal redondeado
dentro de su tacita. Sacudió la cabeza para olvidarlo y siguió
caminando, siguió y siguió, hasta llegar al punto final.
Se asomó a la tienda y
quedo frenado por una ancha espalda trajeada. Temeroso de lo que
podía acontecer, no se movió del sitio, ni siquiera pestañeó,
pero antes de que el señor trajeado se fuera, logró ver la chapa
identificativa de su banco de ahorros en la solapa de la chaqueta, y
también oyó las palabras “dos semanas”. El chico miró a sus
padres, los cuales tenían la cara pálida, si ellos no controlaban
la situación, ¿quién lo haría? ¿Qué sería de el? ¿Qué sería
de todos? No sabía nada, no sabía qué hacer, lo único que sabía
era creer y desear, así que deseó que todo se arreglara, deseó no
tener miedo, deseó ser libre. Todo parecía que se iba a arreglar...
Le despertó la alarma insistente del móvil. Como un zombie, lo
buscó a tientas, e intentando enfocar los ojos legañosos atisbó
una aproximación de la hora. No recordaba si su sueño había sido
feliz o una pesadilla, no sabía siquiera si había soñado, nunca lo
recordaba.
Navidad
Hoy estando en el bus, hasta arriba de
sudor y cansancio después de un día intenso, no pensaba en otra
cosa que en encontrarme con mi mejor amiga la almohada y olvidarme
del mundo durante unas nueve horas mínimas (aprovechando que es
finde).
Entonces, en medio de toda ese
cansancio y agotamiento entró la risa sonora y tan, tan agradable de
una niña. No se que edad tendría, soy penoso para ese tipo de
apreciaciones, pero seguramente no pasaría de los diez. Como
decirlo... No se otras personas, pero esa risa me devolvió la
sonrisa a mi cara, sonreí sin razón aparente, solo tenía un atisbo
de felicidad por ver como una inocente niña se divertía jugando con
su abuelo. Dentro de toda la envidia y el resentimiento humano
aparece ese atisbo de luz, nos hace felices que un ser tan adorable
siga siendo inocente ante la maldad y el sufrimiento que vivimos cada
día y que ellos no ven porque son pequeños, y cuando uno es
pequeño, se ríe a carcajada limpia, se ríe de verdad, sin razón
aparente, y la razón simple y llanamente señores, es que siendo
inocentes nos reímos de la vida. Nos reímos de estar vivos, de
tener imaginación para crear sin manos, de poder correr, saltar,
rodar por el suelo, sentir frío, calor... Sentir que estamos vivos.
Cuando oí reir a esa niña, me
devolvió el espíritu navideño, ya lo tenía por el frío, el
bullicio de las calles sevillanas y las luces, pero no, esa niña
hizo que estando hundido en mi rincón del autobús, pensando solo en
lo que me costaría andar solo a casa levantara la vista y sonriera,
que viera la gente, las familias, los mosqueos y las risas; me
despertó y me hizo ver la vida una vez más.
Feliz Navidad.
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