Hoy estando en el bus, hasta arriba de
sudor y cansancio después de un día intenso, no pensaba en otra
cosa que en encontrarme con mi mejor amiga la almohada y olvidarme
del mundo durante unas nueve horas mínimas (aprovechando que es
finde).
Entonces, en medio de toda ese
cansancio y agotamiento entró la risa sonora y tan, tan agradable de
una niña. No se que edad tendría, soy penoso para ese tipo de
apreciaciones, pero seguramente no pasaría de los diez. Como
decirlo... No se otras personas, pero esa risa me devolvió la
sonrisa a mi cara, sonreí sin razón aparente, solo tenía un atisbo
de felicidad por ver como una inocente niña se divertía jugando con
su abuelo. Dentro de toda la envidia y el resentimiento humano
aparece ese atisbo de luz, nos hace felices que un ser tan adorable
siga siendo inocente ante la maldad y el sufrimiento que vivimos cada
día y que ellos no ven porque son pequeños, y cuando uno es
pequeño, se ríe a carcajada limpia, se ríe de verdad, sin razón
aparente, y la razón simple y llanamente señores, es que siendo
inocentes nos reímos de la vida. Nos reímos de estar vivos, de
tener imaginación para crear sin manos, de poder correr, saltar,
rodar por el suelo, sentir frío, calor... Sentir que estamos vivos.
Cuando oí reir a esa niña, me
devolvió el espíritu navideño, ya lo tenía por el frío, el
bullicio de las calles sevillanas y las luces, pero no, esa niña
hizo que estando hundido en mi rincón del autobús, pensando solo en
lo que me costaría andar solo a casa levantara la vista y sonriera,
que viera la gente, las familias, los mosqueos y las risas; me
despertó y me hizo ver la vida una vez más.
Feliz Navidad.
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