domingo, 20 de diciembre de 2015

Navidad


        Hoy estando en el bus, hasta arriba de sudor y cansancio después de un día intenso, no pensaba en otra cosa que en encontrarme con mi mejor amiga la almohada y olvidarme del mundo durante unas nueve horas mínimas (aprovechando que es finde).
        Entonces, en medio de toda ese cansancio y agotamiento entró la risa sonora y tan, tan agradable de una niña. No se que edad tendría, soy penoso para ese tipo de apreciaciones, pero seguramente no pasaría de los diez. Como decirlo... No se otras personas, pero esa risa me devolvió la sonrisa a mi cara, sonreí sin razón aparente, solo tenía un atisbo de felicidad por ver como una inocente niña se divertía jugando con su abuelo. Dentro de toda la envidia y el resentimiento humano aparece ese atisbo de luz, nos hace felices que un ser tan adorable siga siendo inocente ante la maldad y el sufrimiento que vivimos cada día y que ellos no ven porque son pequeños, y cuando uno es pequeño, se ríe a carcajada limpia, se ríe de verdad, sin razón aparente, y la razón simple y llanamente señores, es que siendo inocentes nos reímos de la vida. Nos reímos de estar vivos, de tener imaginación para crear sin manos, de poder correr, saltar, rodar por el suelo, sentir frío, calor... Sentir que estamos vivos.
        Cuando oí reir a esa niña, me devolvió el espíritu navideño, ya lo tenía por el frío, el bullicio de las calles sevillanas y las luces, pero no, esa niña hizo que estando hundido en mi rincón del autobús, pensando solo en lo que me costaría andar solo a casa levantara la vista y sonriera, que viera la gente, las familias, los mosqueos y las risas; me despertó y me hizo ver la vida una vez más.

       Feliz Navidad.

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