Tengo miedo, cierto, lo tengo, aún no
se ha terminado de asomar al borde de mi mente cuando ya lo noto
venir. Odio esa sensación, saber que voy a entrar a analizar un tema
que desatará una cadena de tristeza y posible trauma para un tiempo,
como cuando abres la puerta de una habitación que no has visto nunca
y ya hueles la podredumbre, lo ves con la mente antes que con los
ojos.
Todo se basa en una conversación que
oigo a medias de las bocas de mis padres, a medias no porque no pueda
oírla entera, sino porque yo no quiero enterarme supongo. Mi padre,
al volante, recién salido del avión de una visita a mis abuelos
residentes en Barcelona, le resume la visita a mi madre. ¿Qué quéreis
que os diga? La verdad fuera o no el contexto feliz las palabras
sonaban bastante tristes, sobre como había avanzado la edad en mis
abuelos causando estragos en su cuerpo y quitándoles horriblemente
la posibilidad de valerse por si mismos, lo peor que le puede pasar a
un ser humano normal y corriente. Pero, es el proceso natural, algo
que a todos nos llega pasada nuestra vida útil, como un sobre de
fideos instantáneos, con fecha de caducidad.
Lo que me llevó a la siguiente
pregunta que me atacó y que me dejo indefenso, ¿estaré yo algún
día al volante de mi vida, asimilando que mis padres me abandonarán?
¿Cuánto tiempo tendré yo para asimilar que también dejaré a mis
hijos? Me pregunto si cuando me de cuenta sentiré el mismo miedo que
siento ahora.
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