Entonces mi sonrisa desapareció y me sentí de pronto avergonzado y un completo inútil: "seré gilipollas" pensé, y aún lo pienso. ¿Quién es tan tonto como para repartir amor por el mundo cuando es el primer falto? Pues yo, obviamente, quién si no.
Solté el movil y deambule por mi jardín sagrado otra vez, buscando la paz, pero el tormento me atacaba mostrándome flores con forma de corazones. Hasta que no cayera en la cuenta no podría estabilizarse este enfermo terminal, ¿tan difícil es admitir la realidad?
Quiero enamorarme, ese es mi problema, veo corazones rotos y soy tan tonto y masoquista que quiero ingresar en el gremio.
Todo empezó cuando conocí lo que implicaba, dejar de pertenecer a tu mente, dejar a un lado la racionalidad y querer, querer sin más.
Es perfecto para un romántico empedernido del siglo XXI, como yo, la musa perfecta para mí. Pero claro, aquello no era todo, la idea habría quedado como un feo boceto en mi mesa sentimental si no fuera porque vi el amor, lo vi tan de cerca que podía casi tocarlo... Pero escape. El amor es ciego y yo soy demasiado observador así que mi razón escapó por los pelos, pero aún así aquello me recordó que yo quería enamorarme.
Me paso pensando la mitad del día, suelo escribir por la tarde, y el resto del tiempo leo para poder seguir pensando
miércoles, 10 de febrero de 2016
Microcuento SanValentineño
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