domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuento Navideño


 Le despertó la alarma insistente del móvil. Como un zombie, lo buscó a tientas e intentando enfocar los ojos legañosos atisbó una aproximación de la hora. No recordaba si su sueño había sido feliz o una pesadilla, no sabía siquiera si había soñado, nunca lo recordaba. Inconsciente ante el peligro, asomó un pie fuera del edredón para meterlo de inmediato al sentir el frío. Entonces se encendió la bombilla en su cabeza y se dio cuenta de que era navidad. Veintiuno de Diciembre, día lectivo y laboral para la gente normal y corriente, los que necesitan sudar para comer, los pisahormigas. Antes de salir a la escuela hizo recuento de lo indispensable: La tarjeta del bonobús, el bocadillo y el libro que su tío le regaló. Protegiéndose mentalmente del frío, se metió las manos en los bolsillos y se encaminó a cumplir con su papel en la sociedad.


Sonó la sirena, eran las tres menos cuarto de la tarde, y en medio de la marea de adolescentes con sus maletas se escurría él. Repartía alguna que otra sonrisa pero no se paraba, tenía prisa. Ignorando el camino que seis horas y media antes había tomado para llegar hasta allí, emprendió la caminata hasta la parada del bus. A las tres en punto, subía al mastodonte verde acristalado, y a las tres y un minuto estaba ya sentado en el asiento del fondo a la izquierda, solo, leyendo su libro, ávido como quien bebe sediento de un riachuelo. Era de su tío, la persona del mundo a la que más admiraba, no seguía las normas, era libre, y le había dado el regalo antes de los reyes porque el chico ya sabía que estos no existían, y su tío se iba una vez más de viaje, fuera de la jaula de la sociedad.


A las tres y veinte bajaba al trote las escaleras de la estación de autobuses de la ciudad, el centro de la gran red en la cual su pueblo participa como accesorio lateral. Cuando sobrepasó el último escalón se paró y observó. Respiró hondo. Por puro instinto cruzó la calle antes de que el semáforo se pusiera en verde, ya conocía de sobra los huecos entre el tráfico, era como un pescador que lleva siguiendo años las corrientes marinas de su costa, él podría cruzar media ciudad con los ojos vendados y a la pata coja, podría pero no lo hace, porque no tiene tiempo para esas cosas. Esquivó a la gran masa de personas infinitas que pueblan las calles, que salen y entran en las tiendas como hormigas, cada cual con su vida, cada cual con su misión. Era navidad, se respiraba en el ambiente, pero mientras otros sonríen y andan con el impulso lento del disfrute, él miraba y avanzaba con el impulso de la obligación. Al doblar una esquina se encontró de bruces con una persiana metálica y un cartel anunciante, “se vende”. Miró el letrero de la tienda y su expresión facial pasó de ser ambigua a la que tiene alguien cuando se entera de la muerte de un amigo, pero sus piernas volvieron a caminar y él, volviendo la cabeza hacia delante, le dio la vuelta a sus recuerdos y olvidó el mal trago. Continuó avanzando, la búsqueda de trayectorias a través del gentío no es un pensamiento, es una acción mecánica que sucede sin esfuerzo, él solo avanzaba, avanzaba para alcanzar su destino... entonces se abrió un hueco entre la muchedumbre y vislumbró un cuerpo en el suelo apoyado en una pared con una taza y un cartel delante. Solo vio eso, pero esa imagen la había visto tantas veces que se le vino a la mente como si no hubiera pasado de largo, sino que estaba delante y el mendigo le imploraba que fuera clemente y prolongara su vida un poco más con un trozo de metal redondeado dentro de su tacita. Sacudió la cabeza para olvidarlo y siguió caminando, siguió y siguió, hasta llegar al punto final.
Se asomó a la tienda y quedo frenado por una ancha espalda trajeada. Temeroso de lo que podía acontecer, no se movió del sitio, ni siquiera pestañeó, pero antes de que el señor trajeado se fuera, logró ver la chapa identificativa de su banco de ahorros en la solapa de la chaqueta, y también oyó las palabras “dos semanas”. El chico miró a sus padres, los cuales tenían la cara pálida, si ellos no controlaban la situación, ¿quién lo haría? ¿Qué sería de el? ¿Qué sería de todos? No sabía nada, no sabía qué hacer, lo único que sabía era creer y desear, así que deseó que todo se arreglara, deseó no tener miedo, deseó ser libre. Todo parecía que se iba a arreglar... Le despertó la alarma insistente del móvil. Como un zombie, lo buscó a tientas, e intentando enfocar los ojos legañosos atisbó una aproximación de la hora. No recordaba si su sueño había sido feliz o una pesadilla, no sabía siquiera si había soñado, nunca lo recordaba.

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